Catalogarme como cafetero asiduo sería exagerado, pero asiduamente justifico la excusa por la que no iré al café. Y si hago eso es porque cada semana me planteo asistir, vale la pena. Mis ganas nacen de mi primer café. Miento, del segundo. Al primero fui con la que era mi novia, el tema era “Erotismo y Pornografía”. Me aburrí bastante. La culpa fue de unos cuantos chicos que empezaron a hacerse pasar por erotómanos sensibles con la intención de interesar a la audiencia femenina. Yo, como buen adicto al youporn, me sentí ofendido por esa actitud tan poco masculina, pero me callé, acobardado o misericordioso, no lo sé. Esos chicos merecían ligar y yo no debía chafarles el intento, al fin y al cabo, como ya he dicho, por entonces tenía novia.
Muchos meses después fui a mi segundo, “El Aburrimiento”. Me lo pasé en grande. Lo del café es lo de menos. La clave fue que hice un amigo, amigo en serio, del tipo que te dejaría dinero (apuesto que hasta 375€) y juntos acabamos en una fiesta, y en esa fiesta charlamos con dos cafeteras con las que no habíamos cruzado apenas una palabra durante la sesión, más listas, más guapas e igual de decididas que nosotros. La noche fue tan increíble que desde entonces, como con todo buen recuerdo de la infancia, intento reproducirla. Sin suerte, hay que decirlo.
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