Mi primera vez llegué tarde. Recuerdo que al llegar, el comisario ni me miró. Y, sin embargo, fueron suyos los primeros voleteos: me quedé sin palabras, se me vaciaron las entrañas. Fingí que no me gustaba estar ahí. De repente me salió una ingeniosa anécdota. Era el tema de la jerarquía y como soy actriz, conté que en mi trabajo soy el mayor ejemplo de docilidad y sumisión. El director me dicta ordenes, el guionista pone mis frases, las peluqueras me dicen como tengo que ir vestida, las maquilladoras como me tengo que pintar, las directoras de arte me dicen lo que hay en mi casa, etcétera. Así pues, me limito a ser una rubia sin personalidad.

Otra cosa. Seguramente no volveré, quizás sí, ¿ponen siempre tortilla de patatas?

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